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Obsesión precoz

ANOREXIA INFANTIL Entre la manía por adelgazar, las exigencias sociales y los padres ausentes, los trastornos en la alimentación afectan a chicos cada vez menores.

Ahora no sólo se habla de anorexia a los siete años, sino también de síntomas iniciales desde los tres. La mayoría son nenas, pero en proporción hay más varones anoréxicos en la infancia que en la adolescencia. Según los especialistas, muchos de estos chicos lo hacen por temor a engordar. Sin embargo, detrás de las preocupaciones precoces por la imagen existen razones que avanzan desde lo cultural, lo social o lo familiar. Entre padres obsesivos que condenan a sus hijos a dietas insalubres y chicos que protestan ante el desapego o los malos tratos alterando su alimentación, la anorexia infantil se extiende como un síntoma coyuntural.

La idea es escalofriante: ¿es posible que una nena de siete años se someta a ayunos delirantes por temor a engordar? Desde hace doce años ALUBA tiene un programa para niños y, de acuerdo a Mabel Bello, fundadora y asesora técnica de la institución, cada vez llegan chicos de edades más tempranas. “Desde los tres o cuatro años aparecen síntomas indiscutibles que, aunque no completan todo el cuadro, señalan un camino. Chicos de jardín de infantes se ponen los dedos en la garganta porque quieren vomitar, quizás imitando conductas que vieron. O chicos que no quieren comer bajo ninguna circunstancia porque dicen que tienen miedo a engordar. Las anorexias francas ya se ven a los siete años, y realmente cuanto más joven es el paciente, más dura la enfermedad”, dice Bello.

Los casos de la primera infancia están ligados a la relación del niño y su madre. “Hasta los tres años, sobre todo, el problema tiene que ver con las dificultades emocionales de la madre”, explica Susana Sarubbi, del área de Trastornos de la Conducta Alimentaria del Hospital Pedro de Elizalde. “Es común que los síntomas se den en la forma de un síndrome de alimentación selectiva (comen sólo determinadas cosas): en alguna oportunidad llegó una nena de tres al hospital que se negaba a incorporar alimentos nuevos y la mantenían con comida de bebé.” Repasando la historia clínica de los trastornos en la alimentación, se destaca un dato: aquellas chicas que protagonizaron el avance de la anorexia y la bulimia en los ’70, ahora son madres. “Conciente o inconscientemente transmiten la patología a sus hijas, no desde el punto de vista genético, sino desde el punto de vista psicológico”, analiza Humberto Persano, jefe del Hospital de Día para Trastornos de la Conducta Alimentaria en el Borda y coordinador de la Red Interhospitalaria de Trastornos Alimentarios del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

La imagen fomentada desde los medios o la idea de éxito y fracaso en la vida, planteada en términos dicotómicos son, desde el exterior, algunos de los elementos que influyen en las exigencias sobre el cuerpo. Sigue Persano: “Los chicos viven una excesiva rivalidad y competencia. Están en un mundo en el que se triunfa o se fracasa. Y también aparecen los mandatos familiares como ‘si sos gorda nadie te va a querer’”. Las restricciones impuestas por los padres empiezan en el jardín de infantes. Según Mabel Bello, las maestras le comentan que los cuadernos de comunicaciones llegan con notas de los padres que prohíben dar a los chicos azúcar, golosinas, gaseosas o comer entre comidas dejándolos asilados de situaciones simples y necesarias para su desarrollo, como compartir la merienda. Ella dice: “Uno de los pilares de la recuperación de los chicos es el intercambio con sus pares. Nosotros lo tratamos mucho más como una falla en la interacción social que como un problema del individuo consigo mismo”.

En un extremo, la excesiva atención de los padres sobre la comida; en el otro, el desinterés: “A veces los padres dan su vida laboral y los chicos quedan relegados -dice Sarsubbi-. Las consecuencias del desapego emocional para los chicos pueden ser serias. Toda persona necesita de otro para constituirse y que le dé protección. Esa protección incluye el alimento: la alimentación va a asociada a lo afectivo y si hay una mamá que no tiene mucho interés en su hijo, su hijo no va a tener interés en comer. Esto se ve en la cultura contemporánea donde muchas veces los chicos no forman parte de los intereses de los padres. Así aparece el factor deprivación emocional como causante de anorexia.”

Muchos otros casos de anorexia infantil surgen del matrato o del abuso sexual como un reflejo muy primario, casi orgánico, de defensa, rechazo, vergüenza y asco a la vez. Se dan, por supuesto, formas más leves como las de los chicos que buscan llamar la atención o imponer su singularidad. Entre las influencias de los ideales estéticos, la imitación de situaciones que ocurren en casa y los mecanismos de defensa ante realidades más escabrosas, el diagnóstico para los padres y los médicos se vuelve un trabajo de precisión, tan trascendente como delicado.

Orientar a los padres

Los tratamientos para niños demandan una especial atención a los padres. Habrá casos en que se detectarán madres con trastornos alimentarios y se les recomendará iniciar sus propios tratamientos. “En ALUBA el eje del tratamiento es educativo hacia los padres”, señala Mabel Bello. “Los más chiquitos son atendidos por pediatras y psicólogos, y a partir de los seis años los reunimos en grupos. Ver cómo otro tiene una dificultad y la va superando, los ayuda mucho”. El tratamiento dura alrededor de cinco meses, aunque depende de cada chico.
También en el Hospital Pedro de Elizalde se hace un abordaje individual y familiar. Dice Susana Sarubbi: “Como mínimo vemos una vez por semana al niño y a la familia. Son tratamientos ambulatorios, pero si hay desnutrición se los interna. Es muy importante el trabajo interdisciplinario, que haya un mensaje claro para la familia desde todos los profesionales”.
Fuente consultada: Diario Clarin