En la sede de la Fundación Telefónica de Buenos Aires, tuvo lugar el sábado pasado el segundo encuentro de arte y robótica para la familia, que se repetirá durante los próximos fines de semana.
El taller tiene como objetivo acercar a los chicos a la experiencia concreta de fabricar un robot. Pero para eso, el docente a cargo, Leandro Núñez, inicia el taller preguntado al público (compuesto por madres, padres e hijos) una pregunta sencilla y compleja a la vez: ¿qué es un robot? Las manos se levantan presurosas y las respuestas son variadas. “Una máquina que imita al hombre”, “un aparato que hace cosas”, “algo que tiene energía”, “que no tiene sentimientos”, son las primeras ideas que los chicos arriesgan. “¿Y dónde vieron un robot”?, vuelve preguntar el docente. “En películas, en la tele”, repiten desde las mesas los pequeños participantes.
Luego, un resumen visual repasa los distintos modelos de robots que desde la década del treinta fueron apareciendo en las pantallas de cine: desde las primeras viejas películas con actores vestidos con sencillos disfraces, hasta los films clásicos y con mayor despliegue tecnológico como Robocop, Terminator, El auto fantástico y Transformers. La muestra deja ver como la idea de la robótica evolucionó desde la imitación más o menos simple del “hombre-máquina” hasta nuestros días, donde la imita no solo a los seres humanos sino a un conjunto más vasto (animales, máquinas que se transforman en otras máquinas, animaciones computarizadas, etc).
Luego de esta introducción, el trabajo vuelve a las mesas, donde cada familia se encuentra con una caja que contiene una serie de elementos (pilas, maderas, marcadores de colores, un sencillo trasmisor de energía, gomitas). Leandro Núñez instruye sobre los pasos que deberían terminar en la construcción de un robot.
No con cierta incredulidad los chicos siguen, con la ayuda de sus padres, las instrucciones del docente. La idea es construir un robot que sirva para hacer por sí solo dibujos sobre un papel. Después de unos minutos donde cada familia se dedica a la construcción del robot con las piezas que tenían a su disposición, en cada mesa se forma un aparato de cuatro patas (cada pata es uno de los marcadores) con una pequeña estructura cuadrangular de madera sujeta por las gomitas y dentro el sistema de pilas y cables. Lo que todo junto terminará de darle “vida” a cada robot.
El momento de mayor entusiasmo aparece cuando, con todos los robots listos, el docente invita a las familias al centro de la sala. Sobre una gran cartulina blanca se posicionan los robots y se encienden. Cada uno de ellos empieza a vibrar y a moverse en direcciones distintas y por debajo, se van formando las primeras líneas de colores.
Un primer descubrimiento: cada robot realiza un recorrido distinto, porque cada construcción fue diferente, y cada familia logró producir entonces, una máquina que es única. Algunos hacen círculos veloces, otros dibujan un zigzag caótico, otros chocan entre sí formando nuevos dibujos. Entre todos, luego de algunos minutos, se termina construyendo un cuadro abstracto, un conjunto de múltiples líneas donde la mano del hombre estuvo presente sólo en la formación del robot. En un tiempo donde los estímulos visuales, los juegos animados y la computadora aparecen como elementos casi excluyentes en la diversión de los chicos, la emoción que despierta en ellos este experimento no deja de sorprender, principalmente a los padres.
Después del coffe break, llega la segunda parte del taller, donde las familias tienen el desafío de construir un segundo robot. En este caso, el objetivo es armar un “brazo robótico” similar al que se utiliza en muchas empresas para reemplazar tareas pesadas o que requieren mucha precisión. La dinámica es la misma: son los chicos ayudados por sus padres los constructores del robot y luego llega el momento de la demostración.
La enseñanza que se llevan los pequeños participantes es sencilla e importante: sus propias manos e ingenio son capaces de construir una herramienta compleja, que una vez realizada adquiere la capacidad de “hacer cosas” que aparentemente sólo pueden hacer los humanos.
Entre los participantes se destacaba por el entusiasmo y las intervenciones Felicitas Battistoni, de 11 años. En una pausa del taller, Educared la consultó sobre qué era lo que más le había gustado y sorprendido de la experiencia: “Lo que más me gustó fue decorar al robot y ver como después dibujaba solo. Yo pensé que iba a avanzar, pero con las antenas que le pusimos, empezó a ir hacia los costados, y a dibujar círculos.” Con esa experiencia ahora Felicitas quiere hacer un robot “que camine y se mueva como las personas”. También nos dijo que esta era una experiencia nueva para ella, “en la escuela nunca habíamos armado un robot”.
Los talleres de robótica para la familia seguirán todos los sábados de junio en la sede de la Fundación Telefónica, en Arenales 1540, Ciudad Autónoma de Buenos Aires .
Fuente: Educared