Enero 30, 2006

La maravillosa mente de un bebé

Antes se creía que apenas captaban lo que ocurría a su alrededor. Hoy se sabe que los más pequeños sienten emociones complejas, como los celos, la empatía o la frustración.

John y Thomas son los nombres (ficticios) de dos hermanos varones gemelos (reales) que nacieron hace 12 años en la maternidad de una ciudad cualquiera de Estados Unidos. Habían venido al mundo prematuramente y con bajo peso. Ambos fueron colocados en sendas incubadoras y recibieron los necesarios cuidados médicos neonatales que su caso requería. Con el paso de los primeros días, mientras que John evolucionaba con normalidad e iba ganando peso, Thomas, el más inmaduro, no mejoraba.

Preocupada, la jefa de enfermeras del servicio de neonatología decidió ponerlos juntos, en la misma incubadora. Pensaba que el más débil, al notar cercana la presencia de su hermano, con el que había compartido su existencia desde que ambos eran dos células microscópicas, tal vez podría sentirse mejor.

La enfermera observó con perpleja curiosidad cómo John enseguida colocó su diminuto brazo sobre su hermano, como si tratara de abrazarlo y protegerlo. A partir de ese momento, Thomas empezó a evolucionar favorablemente y a ganar peso.

Esta enternecedora historia fue publicada en la revista Reader’s Digest en los años noventa y leída por Pedro Tarquis, médico español del Hospital Clínico San Carlos, de Madrid. El no recuerda los detalles, pero sí la esencia: "Me enseñó a valorar la importancia de la afectividad y la empatía en el trato con el paciente", dice Tarquis, que guardó el recorte con la foto.

En el mismo sentido se pronuncia Manuel Moro, jefe del servicio de Neonatología de ese hospital y profesor titular de Pediatría de la Universidad Complutense de Madrid. Su dilatada experiencia profesional le permite ver los grandes avances que ha experimentado la neonatología desde los años sesenta: "Podríamos considerar que aquellos tiempos fueron la prehistoria de esta subespecialidad pediátrica, que se ocupa del recién nacido en sus primeras semanas de vida. Entonces se pensaba que los bebes poseían un cerebro totalmente inmaduro, no receptivo a los estímulos emocionales del exterior, y hasta incapaz de captar las sensaciones dolorosas o de ser sensible a las situaciones de confortabilidad o incomodidad", señala.

La experiencia clínica acumulada en los últimos 40 años y los avances tanto en el área tecnológica como en la del conocimiento del comportamiento emocional del bebe revelan que este pequeño ser posee una maravillosa mente, capaz de captar emocionalmente los estímulos externos.

Alertas y receptivos

Desde 1890, cuando el psicólogo William James definió el mundo de los bebes como "una confusión total de zumbidos", se sostuvo que los pequeños poseían una mente muy simple que apenas mimetizaba lo poco que captaba a su alrededor. En las últimas décadas, sin embargo, diversos estudios controlados mediante modernas técnicas de electroencefalografía y otras pruebas de diagnóstico por imagen, no invasivas e incruentas, revelan que, antes de que puedan andar y expresarse verbalmente, su mente es capaz de sentir emociones complejas, como los celos, la empatía o la frustración.

En España, la Sociedad Española de Neonatología (SEN) ha creado una base de datos a la que aportan información 59 unidades hospitalarias de todo el territorio nacional sobre unos 2500 niños al año. Se trata de un gran observatorio que anualmente es revisado por esta sociedad científica para estudiar la conducta del bebe.

Además, las maternidades de cuatro hospitales públicos madrileños acaban de constituir un grupo de trabajo para instar a la administración pública a crear más plazas para neonatos con el fin de estudiar mejor el comportamiento de los recién nacidos y salvar a más niños prematuros e inmaduros con problemas de viabilidad, como aquellos cuyo peso es de menos de 750 gramos y hasta los 500 gramos.

Según el profesor Moro, las más modernas técnicas de monitoreo cerebral, que suponen un gran avance sobre la electroencefalografía convencional, permiten valorar cómo reacciona el cerebro del bebe en función de lo que siente.

"Existen también parámetros clínicos, como la frecuencia cardíaca, la presión arterial o la saturación de oxígeno en sangre, y gestuales o de conducta, que nos ayudan a ver qué le pasa ante estímulos negativos o positivos. Pero, además de eso, nuestra larga experiencia nos ha enseñado que es muy sensible a las diferentes muestras de afectividad", explica el neonatólogo.

Como indica este experto, la gran revolución no tecnológica en la moderna neonatología ha sido el contacto, inmediato y directo, con los padres.

Los beneficios de este hecho se acusan especialmente en los prematuros, aislados en sus incubadoras y conectados a cables y aparatos. "Ahora los padres los pueden acariciar, besar, abrazar, tomar, hablar con dulzura –explica Moro–. Las incubadoras están cubiertas con una mantita que los protege de la luz, pues se ha observado que duermen mejor. Igualmente, como los ruidos los alteraban, las señales de alarma de los aparatos son ya luminosas. Y todos los bebes están alojados en el interior de su incubadora en un pequeño receptáculo de felpa que se asemeja al claustro materno y los ayuda a sentirse más protegidos."

La ecografía cuatridimensional (4D) está favoreciendo un gran avance en el conocimiento del cerebro del bebe antes de su nacimiento. Un estudio que dirige el doctor Francisco Sellers, jefe de la unidad de Diagnóstico Prenatal y Ecografía del Instituto Bernabeu, de Alicante, sugiere que la maduración neuronal se completa "en la vigésima semana de gestación o antes".

Según este ginecólogo, el estudio en tiempo real durante cinco o diez minutos con ecografía de cuatro dimensiones ayuda a comprobar si el desarrollo de la mente fetal, en función de 12 variables preestablecidas a partir de gestos faciales, es el adecuado, e incluso a prever ciertos problemas, como la parálisis cerebral.

Es una investigación que sigue la línea emprendida en España por el profesor José María Carreras, ginecólogo del Instituto Universitario Dexeus, de Barcelona. "Acabamos de empezar un trabajo sobre el desarrollo emocional del bebe ya nacido –explica el doctor Sellers–, en colaboración con el Departamento de Psicología de la Universidad de Alicante y con financiación del Instituto Valenciano de Estudios. Esta iniciativa, dirigida a los padres, tiene como fin principal, tras un programa de preparación para el parto con estímulos y reflejos, detectar precozmente problemas de retraso mental."

Solidarios

Las investigaciones son múltiples y clarificadoras. En los años setenta, los trabajos del doctor Martin Hoffman, profesor de Psicología de la Universidad de Nueva York, sobre empatía en los primeros meses de vida demostraban que los bebes, al oír el llanto de otros pequeños, rompían a llorar. Hoffman se preguntaba si era por "solidaridad hacia un semejante" o simplemente "por enfado, porque les molestaba el ruido".

A la respuesta se aproximan recientes estudios realizados en Italia, a partir del trabajo de Hoffman, en los que se descubrió que, cuando su propio llanto era emitido tras ser grabado en cintas magnetofónicas, los bebes no se inmutaban al escucharse a sí mismos. Tanto Hoffman como los investigadores que han seguido su trabajo piensan que existe una "rudimentaria empatía desde el nacimiento".

El experto norteamericano admite que en los seis primeros meses de vida el bebe es capaz de distinguir las emociones de los que lo rodean, especialmente las de su madre, por los gestos faciales.

Las variaciones que experimenta la estructura cerebral de los bebes según el interés que muestran por un objeto se han estudiado mediante electroencefalografía y otras técnicas de diagnóstico por imágenes, como la ecografía en 4D y el escáner.

En palabras de Andrew Meltroff, profesor de Psicología de la Universidad de Washington, el seguimiento de la mirada es un importante factor para adentrarnos en la mente de los pequeños: "Toda la información que les llega a través de los ojos en torno al primer año de vida los va ayudando en gran medida a interpretar lo que los rodea y a interesarse más o menos en función de sus habilidades o preferencias. Según los distintos estímulos y reacciones podremos predecir qué bebes sufrirán retraso en el desarrollo del lenguaje. Tal vez esto explica por qué la adquisición del habla va apareciendo más lentamente en hijos de madres ciegas o depresivas, que apenas interaccionan visualmente con ellos".

Grandes observadores

El juego y la interacción visuales parecen desempeñar un importante papel en el desarrollo cognitivo-emocional de los pequeños. Así lo confirma también un estudio desarrollado en la Universidad de Minnesota, Estados Unidos, por el doctor Charles Nelson, actual profesor de la Universidad de Harvard. A bebes de menos de seis meses se les mostraron fotografías, una a una, de distintos chimpancés que aparentemente resultaban muy parecidos. Sin embargo, los pequeños reconocían a cada uno de ellos a juzgar por el interés visual que mostraban. Cuando un mismo chimpancé estaba muy visto, se aburrían y cambiaban la mirada, mientras que recuperaban la atención si se trataba de otro ejemplar.

En la misma línea se mantiene Diane Montague, profesora de Psicología de la Universidad de Filadelfia, a partir de un trabajo dirigido por esta especialista en niños de menos de seis meses. El experimento consistía en mostrar alternativamente a los pequeños una cara triste y otra alegre. La operación se repetía varias veces. En un principio, los bebes sólo observaban con atención, pero luego empezaron a mimetizar los gestos, alegres o tristes, de la cara expuesta.

Nelson también comprobó que los pequeños sonreían o hacían muecas de pena en función de la cara que viesen. Para Nelson, es un modo de categorizar, por parte de los bebes, los estados de felicidad o tristeza. Por otra parte, se ha observado en este trabajo que cuando se producen alteraciones no previstas los pequeños pueden sufrir ciertos desórdenes emocionales, como el autismo, y que estos juegos podrían ayudarlos.

El desarrollo del lenguaje es, a juicio de los expertos, un momento clave para que el niño aprenda a interactuar con su entorno. Así, Patricia Kuhl, profesora de la Universidad de Washington, considera que la adquisición del habla en torno a los 18 meses es mucho más que un acto mimético para los bebes. Cuando éstos reciben estímulos y motivaciones con carga emocional-afectiva avanzan más rápidamente en esta habilidad.

La profesora Kuhl lo ha estudiado en bebes en sus primeros balbuceos respecto del aprendizaje de idiomas extranjeros y ha observado que, cuando los pequeños escuchan grabaciones en cintas magnetofónicas, no aprenden ni se sienten estimulados. Pero sí muestran interés y van adquiriendo algunas palabras sencillas o monosílabos cuando repetidamente les habla en lengua extranjera una persona.

Contacto y entorno afectivo

Según los expertos, el entorno emocional y afectivo que se crea cuando hablan las personas es un gran estímulo para el cerebro infantil, incomparable con la escasa sensibilidad que se aprecia en ellos cuando el mismo lenguaje lo escuchan grabado. No obstante, este aspecto suscita un punto de controversia o de duda, puesto que está demostrado que los bebes también son receptivos a los sonidos y palabras que captan de la televisión o de la radio.

Según el doctor Agustín Moreno, psicólogo clínico del Centro Tambre de ginecología y fertilidad, de Madrid, los seres humanos somos "esencialmente culturales o sociales, con unas potencialidades que sólo se desarrollarán si se da el entorno adecuado". En este sentido, concluye: "Por muchas potencialidades innatas que posea un bebe, éstas nunca aflorarán en su desarrollo emocional si no se producen los estímulos necesarios".

¿Cómo se concreta este hecho en la crianza y la educación? "En el contacto permanente", responde el psicólogo. Para el pequeño es fundamental que exista todo tipo de contacto con quienes lo rodean, especialmente con la madre. Necesita verla, oírla; sentirse mimado, tocado y abrazado.

"Esta necesidad se percibe de un modo evidente en los niños que viven en instituciones públicas –sostiene–. Se supone que en los orfanatos o en los centros de acogida están bien atendidos en cuanto a su alimentación, a la higiene y a otros cuidados básicos. No obstante, les falta la estimulación que suponen los besos, las miradas, los gestos, las palabras cariñosas o los abrazos."

Esto se observa claramente, según el psicólogo español, en los estudios de apego con madres frías, sobreprotectoras o equilibradas en cuanto a la expresión de sus sentimientos hacia el pequeño.

Con una madre fría, es más probable que se desarrolle un niño a su semejanza. Con una madre sobreprotectora, existen más posibilidades de que el hijo sea ansioso e inseguro. Y con una madre con un carácter equilibrado, que le muestra su amor y le deje autonomía, seguramente el niño irá adquiriendo capacidades de independencia, iniciativa y una adecuada expresión de sus afectos.

"Froto, froto, froto; pico, pico, pico; palmoteo, palmoteo, palmoteo." Estas simples palabras corresponden a una cancioncilla que cada día una mujer embarazada entonaba para su futura hija, a la vez que sus dedos bailoteaban sobre su abultado vientre según el significado de cada uno de los tres verbos de la curiosa melodía.

María Angeles P. V. intentó esta corta canción siguiendo el consejo que le dio su ginecólogo en las clases de educación maternal. Ella no podía imaginar hasta qué punto su pequeña era receptiva al mensaje materno, pero sí tuvo la suerte de comprobarlo tiempo después, cuando María ya contaba tres años.

"Yo estaba de nuevo embarazada –cuenta– y le dije a la niña: «Vamos a jugar con tu hermanito». Entonces empecé a entonar el froto, froto, y a acariciar suave y firmemente mi panza. Enseguida, la niña siguió cantando ella sola la canción, cuando a mí jamás me la había oído desde que nació. Aquel momento fue conmovedor. Recuerdo que abracé a mi hija entre risas y lágrimas, y no daba crédito a lo que estaba pasando…"

En la panza

Según los expertos, los primeros estímulos durante la gestación proceden de la madre. Aunque es difícil precisar desde qué momento el feto es receptivo, se calcula que a partir de la sexta semana de embarazo capta los ruidos rítmicos que lo rodean y que le resultan agradables, como los movimientos del líquido amniótico o el latido del corazón de su madre.

Algunas de las actuales teorías de educación maternal, que parten de la década de los treinta del siglo XX y de las escuelas inglesa (con Read) y rusa (con Velvoski, Nicolaiev y Chertok, que se basaron en Pavlov), sostienen que un feto que se ha sentido mimado y amado nacerá con más peso, comerá y dormirá bien, y su sistema inmunológico o defensivo estará más desarrollado, por lo que será más fuerte frente a las enfermedades. Y van incluso mucho más allá, al afirmar que esos niños serán más alegres, pacíficos y equilibrados.

El doctor José Antonio Vidart, jefe del servicio de Ginecología y Obstetricia del Hospital Clínico San Carlos, de Madrid, se muestra algo más escéptico. Señala que existen una receptividad y unos movimientos fetales en torno a la séptima semana de embarazo, y que en el segundo trimestre es posible observar mediante ecografía, entre otros parámetros, sus estructuras cerebrales y deducir que su sistema nervioso central es normal. "Es cierto que los pediatras admiten que los niños no deseados son más nerviosos y problemáticos, pero –matiza este experto– aceptar que un bebe amado nacerá más fuerte o será más feliz que otro no deseado son sólo elucubraciones basadas en observaciones; serias, pero por el momento sin constatación científica."

Para saber más
www.se-neonatal.es
www.hospitalitaliano.org.ar/
www.sap.org.ar/
www.tupediatra.com

De la sonrisa al orgullo

3 meses

Comienzan a dar respuestas voluntarias y muestran interés por quienes los rodean. Sonríen si les agrada lo que ven. Son receptivos a los sonidos y gestos, sobre todo a los de la madre. Juegos sugeridos (no más de 20 minutos): hablarles moviendo lenta y expresivamente la cabeza, de izquierda a derecha, para captar su atención.

5-6 meses

Su cerebro interactúa más con el mundo exterior. Enriquecen la expresión de emociones tales como la sorpresa, la alegría o la frustración. Les importa el contacto visual: les gusta ver a las personas más queridas. Juegos sugeridos (no más de 20 min.): utilizar palabras y expresiones faciales divertidas para hacerlos sonreír.

10 meses

Observan y siguen las miradas de sus padres para saber qué les interesa a ellos. Interactúan con el entorno; intentan llamar la atención con sonidos y movimientos de sus manos (por ejemplo, para pedir upa). Juegos sugeridos (no más de 20 min.): seguir sus sonidos y expresiones y responderle, jugueteando, de la misma forma.

14-18 meses

Refuerzan la conciencia de sí mismos. Experimentan emociones complejas, como el orgullo o el desafío. Aprenden a satisfacer sus necesidades: que los tomen de la mano, que les hagan “caras”. Juegos sugeridos (no más de 20 min.): generarles una pequeña complicación –un desafío– para que la resuelvan. Usar su juguete preferido es una buena opción.

Una manera pequeña de pensar lo infantil

Por Eduardo Corbo Zabatel

Infantil es un adjetivo que puede utilizarse con sentido positivo o negativo. Cuando decimos que el comportamiento de alguien es infantil, lo estamos calificando negativamente. Actuar, pensar, o sobre todo sentir, de determinada forma no está bien, y fácilmente calificamos de infantiles ciertos sentimientos, conductas, actitudes. Parecería que no podemos tolerar que en el otro, que es decir en nosotros mismos, algo de lo infantil se exteriorice. Casi podríamos decir: si algo de infantil hay en mí, que no se note.

Es curioso. Si lo infantil se connota como algo que descalifica, ¿cómo entender los múltiples discursos sobre la niñez que circulan hoy día y que elevan esa construcción social a la cumbre, ya del pensamiento sesudo, ya de las buenas intenciones? Sabemos que estamos alejados de los tiempos en que un padre, por el hecho de que su hijo era su hijo, podía hacer con él lo que quisiera; sabemos también que existe la Declaración de los Derechos del Niño; también sabemos qué es un niño. Pero lo que no suele verse tan claro es que, en la práctica, esos derechos enunciados declarativamente no se corresponden con una cantidad extraordinaria de sujetos infantiles que ni por asomo se acercan a una trayectoria de vida en la que sus necesidades materiales, emocionales e intelectuales puedan desarrollarse y satisfacerse.

Sabemos también que ser niño es un accidente de la cronología: un niño necesariamente ha vivido poco, tiene pocas experiencias; por eso, los adultos tenemos que decidir por él, determinar que es lo bueno para él, diseñar su futuro porque él no puede hacerlo por sí mismo. Los adultos, que hemos tenido un desempeño tan brillante, estaríamos en condiciones de asumir la dirección de la vida de un otro que por pequeño sería incapaz. Una dirección que se hace sin consultar al otro. ¿Qué nos podría decir un niño desde su limitación, su pequeñez, desde todo lo que le falta? Porque, digámoslo, un niño es alguien a quien le falta de todo: madurez, experiencia, autonomía. Alguien que no sabe de la vida. Nosotros, que sí sabemos, definimos lo bueno para él desde nuestra experiencia, nuestros deseos, frustraciones y también desde nuestras propias infancias (a veces felices, otras no tanto).

Es curioso que, al mismo tiempo que decidimos por él –y convengamos que hay responsabilidades indelegables de los adultos–, no lo consultemos sino excepcionalmente, y nos resulte más fácil preguntarle cuáles son las zapatillas que le gustaría tener que conversar con él sobre el mundo familiar que le gustaría que lo rodeara. No lo hacemos porque ese niño, si pudiera, siempre daría razones acordes con su edad –por lo tanto inatendibles–, o porque no queremos correr el riesgo de que las palabras y los gestos de esos desubicados nos pongan por delante un espejo que nos devuelva una mirada poco amable de nosotros mismos.

Más realistas que el rey, imbuidos de una adultez patéticamente solemne, olvidamos que hubo otros, y no unos otros cualesquiera, que apostaron al niño y a su capacidad para hipotetizar, para construir explicaciones sobre el mundo y sobre los problemas que el hombre se formula desde que es tal.

Durante el siglo XX, dos grandes figuras del pensamiento miraron a los niños para entender aspectos del comportamiento adulto: Sigmund Freud y Jean Piaget. Ambos, en sus genialidades, entendieron que en el niño estaba en cierne un adulto, no porque la cronología haría de ese niño un adulto, sino porque en todo adulto hay algo inacabado, algo que no termina de construirse, algo de la infancia que no tiene fecha de vencimiento, que no caduca con la edad.

Quizás, una de las tareas más complejas para un adulto sea reconocer primero y luego reconciliarse con el niño que habita en él. Ese que se entristece cuando alguien nos deja de querer, ese que tiene miedo ante lo incierto, que se angustia ante el futuro, que se formula preguntas que no siempre puede responder y que puede llorar desconsoladamente como lloran a veces los niños, cuando la vida muestra que las cosas no siempre salen como uno quiere.

Si esto fuera así, aunque obviamente no es seguro, si nosotros pudiéramos hacer una operación de esta naturaleza, podríamos construir nuevas miradas del niño, o de los niños. ¡Hay tantas infancias diferentes! Miradas que se detengan no en lo que al niño le falta (porque en verdad no le falta nada), sino en lo que tiene y en lo que es. Pero, sobre todo, en lo que puede llegar a ser.

Esto implica, por fuera de los discursos que desde distintos campos se construyen sobre la niñez, una actitud de reconocimiento real de esos niños como seres que sienten, piensan y desean cosas que pueden expresar y que tenemos la obligación de escuchar.

eduardocorbozabatel@speedy.com.ar

El autor es profesor de historia, licenciado en psicología y magister en ciencias sociales. Responsable del Programa de Intervención en Instituciones Educativas de la Secretaría de Extensión Universitaria de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA.

Fuente: LA NACIÓN