Abril 21, 2005

Tienen 30 y viven con los padres

No hay como tener techo propio, pero... para qué apurarse.

‘Cortar el cordón umbilical’, ‘volar del nido’, ‘hacer rancho aparte’. Pocas frases como éstas perdieron poder de seducción y cotizan cada día más bajo entre los jóvenes adultos. La incertidumbre económica y la comodidad del hogar natal hacen que los mendocinos mayores de 25 años se nieguen a dejar la casa de sus padres.

Acotando su círculo de acción a un rincón cada vez más pequeño de la vivienda, los progenitores esperan. Algunos felices por “tener a los niños en casa” (Beatriz M, 55) y otros con la impaciencia de quien esperó la jubilación “para viajar y vivir tranquila” (Mirta G, 65). Lo que persiste en todos los casos es la preocupación por ver que -a la edad en que ellos estaban casados y con hijos- estos adolescentes tardíos no muestran ningún apuro por independizarse.

Lejos de los prejuicios de antaño, estos jóvenes despliegan un suculento repertorio de causas que justifican la demora. “¿Que por qué no vivo solo? ¿Te muestro mi bono de sueldo?”, repreguntó Agustín Pérez (29). “Es por unos años. Con mi novio decidimos no pagar alquiler y meternos en un plan de vivienda”, Mabel Ahumada (31). “Estoy tranquila, no me molestan ni se meten en mis cosas. Además, así puedo ahorrar y pagar mis estudios”, Laura G (32).

Este fenómeno crece en el mundo y aunque en Mendoza no hay datos que permitan analizar su evolución, el censo 2001 muestra que llegan a casi 90 mil los mendocinos de entre 25 y 44 años que aún viven con sus padres, y a 76 mil los chicos de entre 25 y 35 que aún no son jefes de hogar.

¿Una familia?

Si bien cada vez hay más adultos que regresan al hogar de origen después de un fracaso matrimonial o tras la experiencia de vivir solo -tendencia que preocupa en España-, también son menos los que se casan. La tasa de nupcialidad en la provincia sufrió una abrupta caída. A principios de los ’90, la media era de 9 mil casamientos anuales y en 2004 sólo hubo 6.878 actas. Basta analizar cómo se revirtió el interés por el altar en la franja de 25 a 29 años: el censo de 1991 mostró que el 39% era soltero y el 57% casado, mientras que en 2001 el 55% de ellos figura soltero y el 42% casado.

“La familia como institución está en crisis y ya no es el único proyecto al que se aspira. Además la mujer multiplicó sus roles y el ser madre es uno de tantos. También se suma el imperativo de capacitación creciente: los títulos de grado no alcanzan y la época de formación se extiende más y más”, explica la psicóloga Mariam Moscetta.

La mayoría de los especialistas apuntan al fenómeno de la adolescencia extendida, incluso se habla del síndrome de Peter Pan, del ‘no querer crecer’. “Hay que buscar la razón en la misma estructura familiar, quedan allí atrapados e imposibilitados de generar nuevas opciones de vida”, opina la psicóloga de la UDA, Hilda Karlen. Es que la familia se alza como la única institución de protección, frente al abandono del Estado. Esta ayuda -de la madre sobre todo- se sostiene aún cuando algunos jóvenes ya no viven con sus padres.

“Es curioso encontrarse con ejecutivos que toman importantes decisiones empresariales y no pueden elegir una pareja o dejar las salidas nocturnas”, comenta Karlen. El síntoma es que muchos boliches en Mendoza actualmente invierten en propuestas, donde la condición indeclinable es tener más de 23 años.

Al fenómeno mundial de la adolescencia extendida, nuestro país suma la incertidumbre económica. “Convengamos que la decisión de vivir con los padres no se da libremente”, advierte Patricia Corrado. La socióloga señala que la expulsión de los jóvenes del mundo laboral y la precarización e informalidad de los empleos les impiden construir un futuro a partir de sus propias fuerzas.

Entonces, se abroquelan en la unidad familiar. “Es una estrategia de subsistencia que dejó de ser propia de los sectores pobres. Frente a las carencias y la inseguridad, juntos tienen mayores posibilidades”, señala Corrado. Sucede que la cara joven del empleo en Mendoza es lastimosa. Según las últimas cifras de 2004, el 66,8 por ciento de los desempleados tiene menos de 35 años.

Hogar, dulce hogar

La pregunta que se hacen muchos de estos hijos es “¿para qué irme?”. Allí, encuentran la ropa limpia, un plato de comida caliente y, a veces, hasta las llaves del auto. Y si urge un poco de intimidad, basta con encerrarse en el cuarto, el cual termina constituyéndose en el pequeño ecosistema personal. “La relación con mis viejos fue cambiando, ahora somos como amigos”, dice Pamela (33), quien se separó y volvió “por un tiempo” a su primer hogar.

Chicos que mantienen a sus padres. Padres con miedo a quedarse solos (síndrome del nido vacío). Inmadurez afectiva en los jóvenes. Educación permisiva de los progenitores. La lista de casos puede seguir. “Ese ‘refugio’ -como toda relación de dependencia- se conforma cediendo porciones de libertad”, admite Corrado. Los acuerdos de convivencias son cotidianos y, donde la realidad los supera, está latente el flagelo de la violencia familiar.

Alicia Prada Socióloga

“La familia hoy protege al joven que debe poner en marcha su proyecto de vida. Esta protección establece un doble vínculo, que reviste cierta complejidad y que genera conflictos para nada pequeños. Algunos señalan que esta relación consiste en dobles mensajes. Por un lado, los padres reclaman obediencia y cumplimiento de mandatos respecto de estudios y trabajo, y por otro les permiten y posibilitan ciertas transgresiones, como la diversión del fin de semana, el ejercicio de la sexualidad permitida.

“El doble mensaje se asocia a lo que los padres reconocen: ‘aunque los chicos hagan esfuerzos les va a costar mucho conseguir algo, si es que lo consiguen’. En este clima familiar, si bien se contiene y protege al joven, también se generan grandes conflictos que suelen estar alejados del ideal de amor familiar. Por ejemplo, peleas por la realización de tareas domésticas, por las expectativas de los padres sobre la colaboración de los hijos al presupuesto familiar.

Agustín Pérez (29) Estudiante universitario

“Vivo con mis padres por cuatro causas puntuales. La primera es que hoy en día no es tan económico vivir solo, como en los ’90. Los alquileres, impuestos, productos del mercado aumentaron muchísimo y no ocurrió lo mismo con la estabilidad laboral y con los haberes. La segunda causa es la comodidad, llámese ropa limpia y planchada, cama hecha, almuerzo, etc.

“Además, soy el menor de cinco hermanos y con mis viejos ya grandes, vivir en su casa significa cuidarlos y devolverles de alguna manera todo lo que ellos me han dado. Por último, me llevo muy bien con ellos. Nos complementamos en las tareas diarias y no hay problemas de convivencia. Me acostumbré a sus ñañas y ellos a las mías ... y eso es mucho decir.”

Fuente: Diario LOS ANDES