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Julio 09, 2009

- El presidente del Congreso de 1816 fue asesinado en Mendoza

En 1829, el sanjuanino y unitario Narciso de Laprida participó en la Batalla del Pilar, en la que se impusieron los federales. Fue capturado y se dice que una tropilla de caballos le arrancó la cabeza.

Con total derecho, los sanjuaninos pueden decir: “Atenti, que Juan Francisco Narciso de Laprida es nuestro”. Pero, de hecho, aquel político que el 9 de julio de 1816 presidió el Congreso que en Tucumán declaró la Independencia argentina, está íntimamente ligado a Mendoza.

Tanto es así que, además de haber vivido sus últimos años en Ciudad, encontró trágicamente la muerte en un cruento choque entre unitarios y federales que se desarrolló en un sector del actual Godoy Cruz. Y aún más, su cuerpo jamás fue hallado, por lo cual el célebre prócer civil sanjuanino yace en algún incierto lugar del actual barrio Batalla del Pilar.

Muchos de los que estudiaron historia con el manual Kapeluz recordarán aquella señera frase que Laprida dirigió a los diputados en el Congreso de Tucumán: “¿Queréis que las provincias de la Unión sean una nación libre e independiente de los reyes de España y su metrópoli?”, ante la cual hubo un “sí” generalizado de los enviados por las provincias, con lo que se cortó el vínculo con los realistas y permitió a José de San Martín avanzar con su plan libertador.

Aunque su actuación aquel 9 de julio fue trascendental, la biografía de Laprida no se reduce a la “casita de Tucumán”. Nació en San Juan el 28 de octubre de 1786. Sus padres fueron el asturiano José Ventura Laprida y la sanjuanina María Ignacia Sánchez de Loria. De niño estudió en el Colegio de San Carlos (Buenos Aires) y en 1810 se recibió de abogado en la Universidad de San Felipe (Santiago de Chile).

En 1811 volvió a su tierra natal y en 1812 fue elegido síndico procurador del Cabildo. Fue un gran colaborador de San Martín en la organización del Ejército de los Andes. Tras su actuación en Tucumán, regresó a San Juan , donde lo nombraron gobernador en remplazo de Ignacio De la Roza y luego pasó a la actividad privada.

A lo largo de la década de 1820, las pujas entre unitarios y federales fueron in crescendo. Para entonces, Laprida militaba del lado de los unitarios, por lo que en 1827 debió establecerse en Mendoza para huir de las persecuciones del federal Facundo Quiroga, quien había invadido San Juan. Ése fue el prólogo de su fin.

El 18 de setiembre de 1829, tras otro de los tantos desbarajustes que hubo en el país entre ambos grupos, se produjo una batalla en El Pilar (actual Godoy Cruz), en la cual los unitarios fueron vencidos.

Entre los apresados estaba Laprida, quien ese mismo día fue tomado prisionero por hombres de Félix Aldao, mano derecha de Quiroga en Mendoza. Se dice que sus captores lo enterraron vivo, pero dejaron su cabeza a ras del suelo y, para acabar con la vida de aquel que había presidido la jura por la Independencia, una tropilla de caballos arrasó con su cabeza. Una versión sostiene que el martirio fue el 23 de setiembre. Lo cierto es que su cadáver jamás fue encontrado. Una plaza de San Juan lleva su nombre y se lo recuerda con una estatua colocada ahí en 1904. En Mendoza, el sitio donde se produjo el encontronazo se llama barrio Batalla del Pilar, con un espacio verde bautizado “Plaza Soldado Desconocido”.

UN LUGAR EN LA HISTORIA

Francisco Narciso de Laprida fue elegido para asistir al Congreso de Tucumán del 1 de julio de 1816. Los otros diputados que envió cuyo fueron: su coterráneo Fray Justo Santa María de Oro; los mendocinos Tomás Godoy Cruz y Juan Agustín Maza, y por San Luis el porteño Juan Martín de Pueyrredón.

Sus últimos momentos según Jorge Luis Borges

“Pisan mis pies la sombra de las lanzas que me buscan. Las befas de mi muerte, los jinetes, las crines, los caballos, se ciernen sobre mí... Ya el primer golpe, ya el duro hierro que me raja el pecho, el íntimo cuchillo en la garganta”.

Ese habría sido el último pensamiento de Narciso de Laprida poco antes de ser apresado y morir, según la pluma de su descendiente Jorge Luis Borges, quien plasmó la pasión del sanjuanino en el Poema conjetural (1943). Su final es un símbolo de la sangre que corrió en el país por la guerra entre unitarios y federales, que comenzó a gestarse a partir de 1820.

Tras la declaración de la Independencia, las cosas se fueron enrareciendo, lo que dificultó la ansiada unidad nacional. En los ’20, hubo intentos de organización constitucional, que fracasaron porque no pudieron conciliarse criterios entre el interior (a favor de un gobierno federal) y “el puerto” (querían uno centralista y tenían el apoyo del presidente Bernardino Rivadavia). En 1826 se sancionó una Constitución unitaria, cuyo rechazo por las provincias encendió la mecha. Y sumó pólvora la participación nacional en la guerra con Brasil.

En 1827, en Mendoza gobernaba el federal Juan Corvalán, sucesor del unitario Juan de Dios Correas, por lo cual la Constitución del ’26 también fue rechazada. En eso influyó Quiroga, quien en la provincia tenía como adalid a Félix Aldao. Además, Quiroga fogueó el rechazo del gobierno local a Rivadavia y bregó para que en 1827 se firmara el Tratado de Huanacache, por el cual Cuyo se comprometió a mediar para que cesara la guerra civil. También influyó en el envío de refuerzos para la guerra contra el Brasil pedidos por el federal Manuel Dorrego (por la renuncia de Rivadavia gobernaba Buenos Aires).

La cosa empeoró cuando en diciembre de 1828 el unitario Juan Lavalle depuso a Dorrego –con una revolución de los opositores a la paz que el federal había firmado con Brasil– y lo hizo fusilar. A inicios de 1829 las provincias federales intentaron una convención, con centro en Córdoba. Ahí, el unitario José María Paz tomó el poder tras vencer al gobernador Francisco Bustos y a Quiroga.

Eso repercutió en Mendoza, donde los unitarios hicieron un levantamiento militar liderado por Juan Agustín Moyano. Este obligó a Corvalán a delegar el mando en Correas y a cesar todo intento de ir contra Córdoba. Se hizo cargo del gobierno Juan Cornelio Moyano, quien se lo pasó a Rudecindo Alvarado. Pero ante el avance de tropas federales de San Juan y La Rioja, le devolvió el puesto a Correas y pasó a ser jefe militar.

Eso derivó en la batalla del 18 de setiembre de 1829, cuando los federales al mando de Aldao atacaron a las tropas unitarias apostadas en El Pilar y las aniquilaron rotunda y sangrientamente. Ahí murió Laprida.

Fuente: Diario UNO