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Enero 13, 2009

- La educación debería tener una función social integradora

Esta tarea no se puede realizar sin un proyecto institucional que permita posicionar al establecimiento.

Las distintas discusiones planteadas en los más variados ámbitos acerca de la educación pasan generalmente por la cobertura, por el rendimiento, los conflictos, los presupuestos y la política educativa, entre otros. Pero todos estos y otros elementos confluyen dinámicamente en el espacio de la escuela, donde alumnos, docentes y directivos construyen día tras día los procesos educativos que resultarán diferentes según haya sido dicha construcción.

Estamos hablando específicamente de las prácticas educativas que se dan en ese escenario institucional, que si bien tiene un marco prescriptivo, es también construcción permanente: la escuela.

Las prácticas, en cualquiera de sus manifestaciones, son reflejo de lo ideológico, de la concepción que se tenga de las cosas y que lo hacen a uno actuar en consecuencia. La representación que un docente tenga del niño, del joven, la creencia sobre el fin de la educación, el proyecto institucional, van a configurar en la realidad un tipo de práctica determinada, con una orientación concreta a partir de un posicionamiento frente a los otros (el alumno, la escuela, la política, la comunidad).

Uno de los interrogantes fundamentales a discernir es el papel que, se considera, tiene la educación: si tiene una función social integradora, si es aumentar capacidades cognitivas de comprensión y de instrumentación frente a un mundo cada vez más complejo y tecnificado, si fundamentalmente debe contribuir a la inserción exitosa en el mercado laboral o si es un derecho fundamental del cual se es garante y responsable en la función que le toca a cada educador. La opción por alguna de estas descripciones hace al basamento ideológico desde donde se toma posición.


El niño, un ser completo
Otro elemento central es la consideración que se tenga de ese niño o joven que está en el lugar de alumno. Todavía hay una tendencia a pensar, sobre todo en el ámbito familiar, al niño como un ser incompleto, incapaz hasta que madure. Entonces, a ese incompleto, incapaz, hay que completarlo llenándolo de saber, para que adquiera capacidad y de este modo ser habilitado para la vida social. Esta descripción responde a la doctrina sobre la niñez denominada “de la situación irregular”, la cual, lejos de reconocer derechos, dividió a la infancia en dos: los niños “normales” y los “menores”, asociados, estos últimos, a la pobreza o riesgo social. Otra perspectiva, es el reconocimiento del niño como persona, como ser humano con todas sus atribuciones, entendiéndolo en ese momento de su ciclo vital, con las posibilidades y necesidades de desarrollar progresivamente sus capacidades.

La escuela será entonces, la institución educadora (dadora de educación), integradora, transformadora, reproductora del orden social, niveladora, contenedora, y otros atributos que puedan asignársele. Ello define un rol, una función y una posición en el entramado social, que luego será legitimado o no, reconocido o no.

La identidad del docente construida a partir de un marco referencial que va desde la cultura hasta la formación profesional, será reforzada si coincide con los elementos mencionados o puesta en tensión cuando no se comparta el proyecto institucional, o se piense al alumno desde un lugar diferente que sus colegas, entre otros ejemplos. La concreción de las prácticas se pone de manifiesto en el proceso educativo desarrollado a partir del instrumental pedagógico y didáctico que porta el docente, sumado a las otras dimensiones descriptas.

Ahora bien, las prácticas tienen expresiones como la multifunción (hacer de maestro, enfermero, psicólogo, madre, padre, según expresiones de algunos docentes), la tecnocratización (es decir el exceso de instrumental técnico que deja de lado los elementos dinámicos del proceso de aprendizaje), la excelencia o el abanderamiento acérrimo (manifestación en la escuela del abrazo de una causa como la defensa de los pobres, de los derechos de las personas, sin capacidad de un análisis más profundo que contemple todas las variables en juego).

Frente a todo este cuadro acerca de las prácticas, son interesantes los aportes de dos pedagogos reconocidos en el campo de la educación: el italiano Francesco Tonucci y el brasileño Antonio Carlos Gomes Da Costa para reflexionar y repensar nuestras prácticas educativas.


MARÍA FERNANDA CECCARINI
Lic. en Ciencias de la Educación

Fuente: Diario Ciudadano