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Octubre 09, 2006

Escuelas albergues, un mundo particular alejado de las urbes

Los directores, docentes y alumnos forman una gran familia que convive por lo menos cinco días por semana. La contención de los educadores y el respeto de los chicos son la clave de su existencia.

Al introducirse en el mundo de las escuelas albergues de Mendoza se puede palpar que sus miembros integran una gran familia, a veces numerosa y otras no tanto. En la mayoría de los casos, los directores, maestros o profesores cumplen el rol de padre o madre cuando los chicos permanecen internados en los establecimientos ubicados a cientos de kilómetros de los centros urbanos. Existen 45 en toda la provincia y su población escolar representa un poco más del 1% de la cantidad de alumnos que cursan en el sistema público primario y secundario.

Lourdes tiene 18 años. Está vestido con ropa de gimnasia. Es menudita y muy simpática, aunque algo tímida. Recién termina de bañarse y se prepara para ir a clases. Le gusta usar el pelo suelto pero con el rostro descubierto. Sólo hace falta una fugaz mirada para percibir que está feliz. Y se pone más contenta cuando cuenta que sueña con ser maestra o profesora de Historia después de completar los estudios en la escuela Aída Font, donde asisten otros 164 estudiantes que provienen de diferentes parajes rurales de La Paz y también de San Luis ya que el edificio se encuentra a unos 50 metros del Arco Desaguadero.

Lourdes vive en el puesto El Campamento, a 90 kilómetros de esa zona limítrofe. Desde pequeña, al igual que sus tres hermanos, tuvo que acostumbrarse a estar alejada de sus padres para aprender a leer y escribir. A los cinco años conoció lo que era dormir con otras niñas y en otra cama distinta de la suya, una más del dormitorio o pabellón.

Así fue siempre su vida escolar de lunes a viernes. Pero para ella no fue difícil porque nunca dejó de tener la contención necesaria de los docentes que la vieron crecer y convertirse en una adolescente. Por lo menos esos son los recuerdos de su paso por la escuela primaria y ahora de la secundaria.

Cada lunes, se levanta antes de que salga sol, cerca de las 5, para estar lista cuando pasa el transporte que la llevará hasta la escuela y luego la regresará el viernes para descansar el fin de semana en su hogar. Aunque no todos tienen la misma suerte y deben trasladarse en bicicleta, a caballo o a pie. Muy pocos en auto.

Lourdes relata orgullosa que salió finalista de su curso para participar este mes de un certamen regional de ortografía. Esta es una de las tantas actividades que promueven las autoridades de la Aída Font, una de las primeras instituciones de Mendoza que comenzó a funcionar como secundaria en 1999.

Su actual director, José Giménez (37), fue quien acompañó a Diario UNO en el recorrido del edificio que pertenece a la primaria Rubén Darío desde hace más de 50 años. Son los únicos dos establecimientos que dan clases simultáneamente porque el resto realiza turnos rotativos durante el período de desalbergue.
Entre ambos niveles suman 365 chicos pero la convivencia es armoniosa porque los horarios están cronometrados para que sólo se junten en determinados momentos, como el almuerzo. Sin embargo, su número obliga a que la comida se sirva en tres tandas en una galería transformada en un gran comedor.

Precisamente, la falta de un espacio propio fue la única queja que se escuchó, más allá de que ya exista el proyecto para construir un edificio en un terreno lindante. En ese predio también se levantarán los pabellones de las mujeres y de los varones de la secundaria, quienes hoy pernoctan en dos casas alquiladas.

En las aulas, los niños como los adolescentes escuchan atentos al docente. “Porque el respeto es algo que jamás se perdió en estos lugares”, fue la coincidencia de los educadores.

Fuente: Diario UNO