La decadencia del sistema educativo en los últimos 30 años compromete seriamente el desarrollo provincial y nacional.
Por RODOLFO CAVAGNARO
Ríos de tinta han corrido en lo que se refiere a hablar de la interrelación entre educación, trabajo y desarrollo, pero poco es lo que se ha visto en la Argentina; todo ha quedado en la discusión académica, por un lado, y en la política, por el otro. Pero, lamentablemente, tanto uno como otro foro han contribuido, a su modo, a que nada se hiciera y, lo que es peor, a un deterioro general que hoy es grave, pero que proyectado debería causar miedo y movilizar a la sociedad.
La educación argentina fue hasta la década de los ’70 un factor fundamental que, más allá de crisis cíclicas, permitió el ascenso social.
La “capilaridad social”, es decir, la posibilidad que cualquier argentino, sin importar su clase social, podía escalar posiciones en base a la educación y a los valores del sacrificio, el trabajo y la responsabilidad.
El cumplimiento y respeto de la ley eran parte de la educación básica que se recibía en el hogar. Estos valores estaban incorporados en la sociedad y no eran patrimonio de ningún sector político. Era de toda la sociedad argentina.
Lamentablemente, en los últimos treinta años, con la sucesión de gobiernos militares y políticos populistas, ambos igualmente corporativos, el sistema se fue corroyendo hasta llegar al actual nivel que es lamentable, pero que –y esto es lo más grave– compromete seriamente el futuro desarrollo de la provincia y del país.
La Encuesta Permanente de Hogares (EPH) elaborada por el Indec en sus series hasta mayo de 2003 muestra que a esa fecha el nivel de calificación de los argentinos que tienen trabajo es muy pobre. El 70% de las personas que trabajan no tiene calificación o es mediocre, mientras que el 9 % son profesionales y el 21% son calificados. Ello muestra la evolución de la composición del personal ocupado y se puede ver que en 5 años el personal sin calificación ha ido perdiendo lugares y es una tendencia que tiende a profundizarse.
El problema surge cuando se piensa que el desarrollo de la sociedad debe darse en un contexto de inversión y éstas están ligadas a la utilización de altas tecnologías, duras y blandas, y para su uso hace falta personal calificado. Con este panorama, el destino de muchos que hoy tienen trabajo es por demás incierto. Pero cuando se analiza el nivel de calificación de los desempleados el panorama nos muestra otra faceta.
En 1998, los desempleados de nula o baja calificación llegaban al 92%, mientras que los profesionales y técnicos alcanzaban el 8%. En 2002 dicha medición reporta que este último grupo llegó al 24%, mientras que el de más baja calificación ocupó el 76%.
Los inempleables
Entre los especialistas en el tema de empleo se utiliza con mayor asiduidad esta calificación que, para sorpresa de muchos, al principio sólo alcanzaba a los trabajadores de más baja calificación, pero que ahora también alcanza a los de más alta calificación. El primer caso es comprensible. El mayor uso de tecnologías exige niveles de calificación superior y, por lo tanto, hay todo un sector que ni siquiera tiene estudios secundarios completos (el 70%). Pero lo que sorprende es el nivel de desempleo en los sectores profesionales, y aquí concurren una serie de causas culturales muy complejas.
Las empresas mendocinas suelen preferir a los técnicos por sobre los profesionales, simplemente porque son más baratos, aunque muchos profesionales terminan aceptando trabajos por sueldos magros para poder sobrevivir. Está claro que hay un sector muy vulnerable, sobre el cual habrá que trabajar de inmediato para devolverle condiciones de empleabilidad, pero el problema se está presentando en la franja superior.
Mendoza tiene 8 universidades (dos estatales y 8 privadas) y hay una peligrosa saturación de oferta de carreras que están excesivamente pobladas. Contador público, comunicación social, abogacía son algunos de estos ejemplos y vale un pequeño análisis. Todos estos profesionales tendrán trabajo si la provincia se desarrolla y para eso hace falta una mayor inversión en carreras que atiendan al desarrollo tecnológico.
Pero por el otro lado, por el de la demanda aparecen los problemas. Las empresas locales no generan grandes inversiones y no demandan profesionales. Un ejemplo es la carrera de ingeniería industrial de la UNCuyo. Sus egresados son reconocidos como unos de los de más alta calificación a nivel país. Cuando se reciben todos tienen trabajo, pero raramente lo consiguen en Mendoza.
Como se ve el panorama no es fácil, pero la salida no será por generación espontánea ni por la iniciativa de alguno. Debe privilegiarse la visión sistémica, la visión de conjunto, porque lo que cada uno hace repercute en el otro. No es sólo un problema de las autoridades, también son responsables los políticos, los académicos, dirigentes sindicales y los medios de comunicación.
Hay que recuperar valores y eso lleva mucho tiempo de tareas en un sentido común.
Fuente: Diario UNO - Mendoza
Por RODOLFO CAVAGNARO