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Marzo 01, 2004

La escuela modelo del barrio San Martín

En un barrio donde algunas líneas de colectivo no se animan a entrar y los tiroteos son moneda corriente, una escuela demuestra que todo es posible si los jóvenes tienen oportunidades. El colegio Padre Llorens trabaja desde 1979 en el barrio San Martín de Capital y ha logrado lo que nadie. Implementó un sistema donde no existe el timbre, no se toma asistencia y se puede salir del curso sin pedir permiso. El resultado es más que elocuente: mientras a nivel provincial el índice de repitencia de 2002 fue del 8,3 por ciento, esta escuela logró el 0 por ciento.

Ahora, el colegio tiene nivel inicial, EGB I, II, III y Polimodal. En 1979 comenzó como escuela auxiliar, en 1989 obtuvo el permiso para funcionar con el antiguo primario y hace pocos años sumó el resto de los niveles.

Todo asombra en esta escuela. No se la pinta desde 1979 y las paredes aparecen relucientes. Más aún porque al lado de la institución funciona la escuela Recabarren, que sí está llena de graffitis y rayones.

El profesor Emilio Ruiz Ruiz es el director del nivel inicial, EGB I y II. Su esposa, María Fernández Ruiz, es licenciada en Ciencias de la Educación y está a cargo del EGB III y Polimodal. Ambos comentan que cuando iniciaron el proyecto decidieron aplicar el modelo pedagógico de un padre jesuita llamado Pierre Faure. “Él plantea una enseñanza personalizada, el objetivo es que los chicos aprendan sobre la libertad, creatividad y sociabilización”, explicó Emilio Ruiz Ruiz.

Y el método funcionó. Todos los cursos tienen un promedio de 30 alumnos. Los estudiantes, cuando llegan a la escuela, cuelgan su tarjeta en el curso para dar el presente. A la hora del recreo, el encargado de controlar el tiempo avisa al profesor y luego junta a los chicos para entrar a la clase. Además cada estudiante usa el mismo banco durante todo su recorrido por los diferentes niveles. Él es el responsable de mantenerlo y, cuando termina la escuela, de entregárselo a un nuevo alumno.

Como si todo esto no llamara la atención, hay algo más. Los bancos no tienen ni una raya y cada curso tiene su propia biblioteca en el aula. ¿Los libros? Impecables.

Para ir al baño sólo hay que ponerle el círculo rojo al semáforo y salir. Cada estudiante es responsable de lo que hace y se tiene que hacer cargo. En los cursos hay recipientes con los materiales necesarios: reglas, lápices, gomas, colores, plasticolas. Así, los chicos eligen lo que quieren utilizar y luego lo devuelven. Este sistema se aplica en todos los niveles.

“Usamos la pedagogía del silencio para que el alumno pueda tener silencio interior y llegue al dominio de sí mismo. Se parte del discernimiento, reflexión y acción para poder transformar la realidad. Los chicos aprenden desde el error. Se enseña desde las equivocaciones”, describe María Fernández Ruiz.

Cuando Los Andes visitó la escuela un grupo de estudiantes adolescentes trabajaba en el lugar. Fueron convocados para cambiar sus bancos de curso y para reorganizar el aula. “Ellos mismos ordenan, ponen su banco en el sitio que prefieren y cuelgan los paneles donde se trabajará. En esta época del año nos sentamos con ellos para debatir y enseñar las normas de convivencia”, explica la directora de EGB III y Polimodal.

En las aulas, los jóvenes y niños pueden ir mirando los contenidos que se deben aprender en determinada clase y los que se verán. Y todos los días, al terminar con una materia, los estudiantes se sientan para debatir lo que se vio y para ayudar al que tuvo problemas.

“La diferencia es que los chicos tienen una oportunidad”, remarca Ruiz Ruiz. Acto seguido, su esposa aclara que “todos tienen capacidades, donde hay fallas es en el entorno”. En el barrio San Martín la vida no es sencilla, en el 2000 el CENS 3-415 hizo una encuesta. Descubrieron que en ese momento 4 de cada 10 jóvenes no estudiaba ni trabajaba y que muchas familias pensaban en emigrar.

La pobreza y esta misma realidad se refleja en los chicos. María Fernández Ruiz graficó la situación: “Solemos adelantar la merienda en la mañana porque sabemos que es la única comida. A veces los alumnos se marean”.

Celeste Polidori cpolidori@losandes.com.ar

Fuente Diario Los Andes