[ Ir a Noticias ]

Junio 20, 2006

Manuel Belgrano, promotor de la enseñanza pública

Defendía la idea de una educación de calidad para todos como la mejor herramienta de cambio y progreso.

Belgrano pensaba que la primera tarea a emprender para construir un país más justo consistía en modificar radicalmente el sistema educativo colonial: "Los niños miran con fastidio las escuelas, es verdad, pero es porque en ellas no se varía jamás su ocupación; no se trata de otra cosa que de enseñarles a leer y escribir, pero con un tesón de seis o siete horas al día, que hacen a los niños detestable la memoria de la escuela, que a no ser alimentados por la esperanza del domingo, se les haría mucho más aborrecible este funesto teatro de la opresión de su espíritu inquieto y siempre amigo de la verdad. ¡Triste y lamentable estado el de nuestra pasada y presente educación! Al niño se lo abate y castiga en las aulas, se le desprecia en las calles y se le engaña en el seno mismo de su casa paternal. Si deseoso de satisfacer su curiosidad natural pregunta alguna cosa, se le desprecia o se le engaña haciéndole concebir dos mil absurdos que convivirán con él hasta su última vejez."

Pero no se hacía ilusiones con las simples proclamas o los cambios formales. Sabía que si no se cambiaba el sistema, si no se producía un mejor reparto de las riquezas, nada podía esperarse. "Tenemos muchos libros que contienen descubrimientos y experiencias que se han hecho en agricultura, pero estos libros no han llegado jamás al labrador y a otras gentes del campo."

Escribía en 1798 el primer proyecto de enseñanza estatal, gratuita y obligatoria: "¿Cómo se quiere que los hombres tengan amor al trabajo, que las costumbres sean arregladas, que haya copia de ciudadanos honrados, que las virtudes ahuyenten los vicios, y que el Gobierno reciba el fruto de sus cuidados, si no hay enseñanza, y si la ignorancia va pasando de generación en generación con mayores y más grandes aumentos? Pónganse escuelas de primeras letras costeadas de los propios y arbitrios de las Ciudades y Villas, en todas las Parroquias de sus respectivas jurisdicciones, y muy particularmente en la Campaña, donde, a la verdad, residen los principales contribuyentes a aquellos ramos y quienes de justicia se les debe una retribución tan necesaria. Obliguen los Jueces a los Padres, a que manden sus hijos a la escuela, por todos los medios que la prudencia es capaz de dictar".

Promovió el estudio de la Historia porque sostenía: "Se ha dicho muy bien que el estudio del pasado enseña cómo debe manejarse el hombre en lo presente y porvenir. (...) Nada importa saber o no la vida de cierta clase de hombres, que todos sus trabajos y afanes los han contraído a sí mismo y ni un solo instante han concedido a los demás."

Fuente: Diario Clarín

En el Día de la Bandera Belgrano, fuente de inspiración Por Luis María Ponce de León

La historia puede ser, además de atractiva en sí misma, muy útil en todo aquello que nos ayude a mejorar el presente y forjar el porvenir. En estos tiempos descreídos, ésta puede ser una buena justificación para celebrar las fechas históricas, claves de nuestro pasado.

Hoy recordamos la creación de la Bandera, símbolo patrio. Más allá de la emoción de sentirse cobijados por ella, es decir, reconocidos como partes de una sociedad nacional, importa sobre todo interrogarse sobre cuánto hemos avanzado en el ideal de construcción histórica que se planteó en aquellos años fundamentales de 1810 a 1816.

De ser una nación que prometía libertad y prosperidad a sus habitantes y que al cumplir el primer siglo parecía encaminarse a ser una de las naciones más avanzadas del mundo, hemos retrocedido hasta el punto de haber estado en una situación límite, cercana a la desintegración nacional. Camino al Bicentenario, tenemos una nueva oportunidad histórica para retomar el rumbo. Asumir la realidad es la base para plantearnos qué hacer de hoy, cuando necesitamos encarar una acción acertada que nos haga recuperar las posiciones perdidas.

Manuel Belgrano fue un hombre que construyó pensando en el porvenir de todos los argentinos. Ese formidable objetivo está indisolublemente unido a su significación histórica.

¿Qué elementos de esa vida fecunda podemos evocar hoy, que nos sirvan de guía en el presente? Los ejemplos son múltiples. En primer lugar, asombra la precoz actuación de Belgrano: está a punto de cumplir 24 años en el momento de su incorporación como secretario en el Consulado; tiene sólo 26 cuando presenta ante esta institución (en el mes de julio de 1796) su famoso estudio Medios generales de fomentar la agricultura, animar la industria y proteger el comercio de un país agricultor . Muchos de los párrafos extraídos de este trabajo han dado fundamento a los historiadores y estudiosos del prócer para denominarlo estadista. Sin duda, lo era, en proyecto.

Valga esta referencia para contrarrestar los argumentos de quienes piensan que los jóvenes no están nunca en condiciones de hacerse cargo de grandes responsabilidades. Algo que nuestra historia desmiente, con la trayectoria de quienes, como Belgrano, asumieron y llevaron a cabo la construcción inicial de la Nación. Por ello, no es extemporáneo decir que los jóvenes tienen hoy como principal desafío formarse, probarse en la acción, emprender obras y tareas para las cuales se sienten capacitados. Los desafíos del presente están claramente planteados de modo tal que exigen una respuesta juvenil, renovada, atenta a los tiempos y anclada en las necesidades concretas de nuestro país, que no puede funcionar solo en el mundo.

No obstante, esta convocatoria, dicho sea de paso, está en las antípodas de cierto "muchachismo" que utiliza y manipula a los jóvenes como punta de lanza, pero que no les cede el poder sino que los subordina y, lo que es peor, les impide pensar por sí mismos. La rica herencia que nos dejó Belgrano se destaca al menos en tres aspectos, hoy imprescindibles: la necesidad de fundar una economía dinámica, inserta provechosamente en el intercambio mundial (no en vano se lo considera el primer economista argentino); la educación como palanca de integración social e inserción productiva, acorde a las exigencias científico-tecnológicas de nuestra época (señaló la náutica como un desafío del conocimiento, cuando era necesario conquistar el mar), y la unidad nacional, con lo que garantizaba su integridad aun en el aspecto militar.

Se ha dicho con razón que Belgrano fue militar a pesar de sí. Era un hombre de leyes y de ideas económicas, pero entendió cabalmente que a la nación en ciernes necesitaba asegurar su defensa. Y allí fue, al Norte, donde dirigió una campaña exitosa, a pesar de algunos reveses militares que no impidieron su objetivo de asegurar la frontera septentrional. Cede con gusto el mando a un militar profesional mejor preparado, que advierte rápidamente que el curso de la guerra de la independencia debía librarse en otros escenarios para alcanzar un triunfo definitivo. Por eso, es justo recordarlo como el general Belgrano, título que colmó en su entrega patriótica.

En relación con el aspecto militar de la trayectoria de Belgrano, cabe tal vez señalar, en estos tiempos en que las amenazas a la seguridad han cambiado de forma, pero en modo alguno han desaparecido, que tanto para él como para otros grandes hombres de entonces, el ideal argentino no era incompatible, sino complementario, con la visión americanista. Hoy necesitamos entendernos y trabajar estrechamente con nuestros vecinos, países hermanos, pero no al precio de renunciar a ser una nación integrada y desarrollada.

La referencia a la entidad nacional es oportuna. Muchos piensan, aunque pocos se animan a decirlo en voz alta, que se trata de un anacronismo. Se nos sugiere que las naciones han visto pasar su hora histórica y, en nuestro caso, sin realizarse plenamente. Ha llegado el momento, nos dicen, de sumarnos a las grandes corrientes de unificación mundial. Esta posición es tan ingenua como inoperante. ¿Qué duda cabe de que el mundo está más comunicado, de que la velocidad es hermana de la innovación técnica? Pero ¿significa eso que los pueblos han renunciado a su identidad y a su soberanía? En modo alguno.

Los procesos de integración regional y continental, que indudablemente tienen una racionalidad en los procesos de la producción y el intercambio de bienes y servicios no significan en realidad una eliminación de la soberanía, sino, en todo caso, un ejercicio de ella, lo cual implica un desafío también al pensamiento constitucional.

Así, pues, se unen las naciones, pero no se diluyen los perfiles propios e intransferibles de cada pueblo, sino que se articulan en un todo complejo y superior.

Seguramente muchas son las omisiones en esta breve nota sobre el legado belgraniano. Pero vale para recalcar que los pueblos pueden y deben plantearse la construcción de su porvenir. Eso es lo que está hoy en vigencia, todavía.

El autor es miembro del Instituto Nacional Belgraniano.

Fuente: Diario La Nación