Octubre 03, 2005 - Novedades

Mágico mundo de los números

El profesor de la Universidad de Congreso Pablo Werning es una suerte de sabio loco que muestra cómo el universo de la matemática está cerca del arte

Pablo Werning (59) integró la partida de científicos que emigraron a Estados Unidos en los últimos 30 años. Matemático, graduado en la Universidad de Chicago, regresó del país del Norte en 1984 para desarrollar su carrera, y su lucha por una mejor educación.

Experto en la “teoría de los juegos”, que se hizo famosa gracias a la película Una mente brillante, de Ron Howard, que narra la vida del matemático y premio Nobel John Nash, Werning tiene, sin duda, algunas características que recuerdan a ese personaje. Su entretenimiento favorito es descifrar el encriptado de mensajes secretos o públicos, igual que lo hacía Nash en la vida real, y está convencido de que sin imaginación y creatividad las matemáticas son sólo lenguaje simbólico.

Werning es considerado un genio por sus pares. Ha sido docente de grado y posgrado en las universidades de Buenos Aires, Torcuato Di Tella, de La Plata y San Andrés. En 1999 comenzó a trabajar en la Universidad de Congreso de Mendoza como director del Departamento de Economía, al que quiere convertir “en el mejor de América Latina”.

–¿Por qué un hombre de ciencia deja los Estados Unidos para elegir un país que no valora a sus cerebros?

–Volví por razones familiares y aunque posiblemente me hubiera quedado un tiempo más por cuestiones profesionales sé que hubiera terminado volviendo a la Argentina, porque es aquí donde quiero estar.

– Aunque no sea reconocido...

– Ese es el destino de los matemáticos, nadie se interesa por ellos. No sucede lo mismo con los físicos, los químicos, los astrónomos o los biólogos, cuyos descubrimientos tienen más impacto. Sin embargo la matemática tiene, a la larga, una influencia más profunda. Los otros elaboran teorías que a la larga se desarrollan o se descartan; 200 años después queda muy poco de lo que hizo un físico, aunque era un eslabón necesario en la cadena del conocimiento. En cambio, la matemática es una ciencia acumulativa.

– Usted se jacta de ser un autodidacta, pese a haber asistido a las mejoras universidades del mundo. ¿A qué se debe?

– La ganancia intelectual del proceso de descubrir es irremplazable. Uno demora tres meses o dos años en encontrar las cosas que un profesor explica en tres minutos, pero el placer es inigualable. Creo que por eso, en clase, siempre me costó mucho concentrarme en lo que hablaban los profesores.

–Si bien es científico, su currículum delata un gran interés por las ciencias humanas. ¿Cómo fue evolucionando desde allí hacia la matemática?

– Cuando me gradué ingresé a la facultad de Arquitectura como una concesión a mi padre, porque mi vocación era estudiar Literatura. Durante algunos años estudié las dos carreras hasta que convencí a mi padre de que la Arquitectura no era lo mío. Comencé entonces a estudiar Filosofía y allí descubrí la Lógica, lo que me llevó a bucear en las ciencias exactas. Nunca más volví a Filosofía.

–¿En qué plano viven las convenciones y las abstracciones de las que se nutre la matemática?

– Yo diría que la matemática vive en la imaginación. El matemático crea un mundo interno, con objetos que visualiza y luego describe en un lenguaje simbólico. Quiero aclarar: el lenguaje simbólico no son las matemáticas. El lenguaje es sólo un estilo de escritura con el cual los matemáticos se transmiten unos a otros sus intuiciones.

–Algo que la mayoría de la gente no comprende…

–Porque queda en la superficie de las cosas, porque no hace el ejercicio de describir y traducir. La matemática no tiene nada que ver con las fórmulas. Cuando uno hace matemática, vuela.

–Es como ser un artista…

–El proceso creativo es muy similar, porque primero se crean objetos que luego se estudian.

–¿Le costó insertarse en Argentina?

–La vida de un matemático no es muy gloriosa, en general. Yo me abrí puertas porque me especialicé en enseñar matemáticas a gente que estudia Ciencias Sociales.

–O sea a aquellos que dicen que nunca la comprenderán…

– Yo disiento. Se puede aprender matemática sin conocimientos previos. Se puede aprender aún a los 50 años. De hecho, en todas las instituciones en las que estuve lo conseguí. Primero pido que se reestructure el programa para que le den más horas a la matemática. Cuando consigo eso voy hacia atrás y retomo conocimientos básicos. Con el tiempo los alumnos descubren que a nadie le ha sido negado este conocimiento.

–¿Cómo hace para despertarles el interés?

–Soy generoso con los conocimientos, y paciente. Espero ese momento en que se prende el motor de cada uno y donde el chico logra no sólo más estima hacia sí mismo, por vencer algo que le costaba, sino también placer.

–Sin embargo, una parte del mundo se preguntó, sobre todo en el colegio secundario, ¿para qué sirve la matemática?

–Es una parte fundamental en el proceso educativo y formativo del individuo, aun cuando muchos la olviden a lo largo del tiempo. Toda la tecnología actual está basada en la ciencia básica y ésta tiene a la matemática como su lenguaje. Sin la matemática, por ejemplo, no podrían existir muchas comunicaciones por internet, que utilizan un tipo de encriptado de mensajes. Tampoco podrían existir las computadoras, que de hecho hasta el siglo XIX eran virtuales. Quienes las crearon, los mismos matemáticos, fueron los que participaron durante las dos guerras en descifrar mensajes codificados.

–¿Qué se requiere del docente?

–La matemática se presta mucho al cultivo de la intuición y al desarrollo de la imaginación. En los procesos educativos rutinarios esto no se alcanza. Se necesitan dosis superiores de disponibilidad por parte del docente. También de generosidad.

–¿Es creativo en todas las áreas de su vida?

–Soy imaginativo en general... ese es otro beneficio de la matemática.

–¿Para ser matemático hay que se inteligente?

–Yo diría más bien que son personas obsesivas que han descubierto el placer de pensar. Algo perfeccionistas, pero nada metódicos.

Fuente: Diario UNO