Mujeres: maternidad, trabajo y pancartas

centenario.pngEn la Argentina del Centenario las mujeres carecían de derechos lo que daba sustento a cierto imaginario colonial de dependencia y sumisión. El acceso creciente a la educación superior posibilitó que un número reducido pero influyente de argentinas luchara por tener voz y voto.

Una de las formas de acceso a la interpretación de una época es interrogándose por la posición asignada a los sexos en la sociedad y por sus dinámicas.

Al enfocar en la diferencia sexual como herramienta analítica podemos advertir que los sujetos sociales no sólo son producto de la trama de una época sino productores de nuevos sentidos mediante la incorporación de demandas que cuestionan el equilibrio del orden social establecido. Al respecto la crítica feminista ha hecho notar que históricamente las demandas se han manifestado desde las brechas abiertas por crisis políticas como impulsoras de cambios en el orden sociocultural.

El interés de este artículo es restablecer parte de las condiciones de época en la Argentina del Centenario donde las mujeres, por imperio de lo establecido en el Código Civil, carecían de derechos lo que daba sustento a cierto imaginario colonial de dependencia y sumisión.

No obstante, el acceso a la educación superior posibilitó a un número reducido pero influyente de mujeres desarrollar ciertas estrategias que otorgaron visibilidad al sometimiento sociocultural en que estaban sumidas y permitió plasmar en acciones concretas los cuestionamientos al modelo colonial de “mujer” que las pioneras periodistas del siglo XIX habían forjado.

Las políticas maternalistas

Hacia fines del Siglo XIX se suscitaron en nuestro país numerosos cambios en el orden político, económico, poblacional. Las políticas inmigratorias sólo cumplían en cantidad de nuevos pobladores parte de los viejos anhelos. La composición inmigratoria heterogénea, mayoritariamente paupérrima y prácticamente analfabeta, se tornó una grave preocupación para el joven Estado que respondió con políticas de control sobre amplios sectores de la población.

Como normalmente el control no se lleva a cabo de una manera frontal sino a través de la redefinición de estatus y papeles que no conciernen exclusivamente a las mujeres, su asignación a lo doméstico pasó especialmente por una redefinición del estatus de la infancia, que en el caso de nuestro país estuvo vinculado con una doble necesidad. Por una parte, era central que la población aumentara, y por otra había que asegurar que las nuevas generaciones fuesen física y moralmente saludables.

Ciertas condiciones sociopolíticas articularon una serie de factores que dieron lugar a políticas poblacionales particulares. Si bien abrevaba en concepciones de época más allá de nuestro territorio, higienismo, eugenesia, racismo, adoptaron rasgos particulares en nuestro país, ya que el mejoramiento de la población, estaba estrechamente asociado a la construcción de una sociedad suficientemente fuerte, desde el punto de vista físico, y socioculturalmente homogénea.

Las condiciones de vida de la nueva población, transformada por la numerosa y variopinta inmigración, se convirtieron en el centro de la preocupación estatal. Tanto los altos índices de mortalidad infantil como, más tarde, la disminución de la tasa de natalidad, fueron objeto de registros producidos y controlados por el estado, a partir de los cuales elaboró políticas tendientes a revertir las prácticas de crianza e incitar el crecimiento poblacional.

El medio fue la exaltación de los valores maternales y la potencia femenina para receptar los cambios y transmitirlos a su descendencia. Aunque esta no fue una preocupación exclusivamente local sino que se nutría de nociones dominantes en Europa a fines del Siglo XIX, sí presentaba cierta particularidad, común en Latinoamérica ya que el control no sólo recaía en las madres sino que se extendía a la familia. Este mecanismo fue una constante en distintas épocas frente a crisis y profundos cambios en países liberales latinoamericanos.

De tal modo, el ejercicio de la maternidad se constituyó en objeto de control; las madres debían ser preparadas para los cuidados del niño, en particular, durante los dos primeros años de vida, considerados los de mayor riesgo, para lo cual necesitaban de los conocimientos que el campo médico pudiera proveer.

Higienismo y eugenesia

La medicina alcanzó un lugar relevante especialmente a través del higienismo que por su abordaje totalizador, se consideraba apto para preservar el bienestar físico y moral de la población. En este marco, la puericultura se consolidó como una nueva área de conocimiento dentro de la medicina higienista. Se consideraba el cuidado del niño integralmente, por lo tanto ninguna etapa quedó fuera del control médico estatal.

Desde el momento mismo de la gestación, y aún antes -de donde emerge una concepción eugenésica focalizada en la salud de los progenitores- hasta la educación en el momento de la crianza, todo apuntó a la consecución de una generación desprovista de ciertos “males” que brindaría individuos útiles a la nación. No era de interés estatal limitar el crecimiento vegetativo mediante selección; su preocupación radicaba más bien en el encauzamiento y transformación de la población, en particular la de los sectores más pobres, mayormente conformada por la masiva inmigración.

Las políticas públicas, claramente diseñadas bajo las características que la corriente eugenésica tuvo en nuestro país, implicaban a diversos actores: políticos, científicos, médicos, educadores y estaban centralmente dirigidas a las mujeres. Para comprender los esfuerzos legislativos en la intervención de la reproducción humana, control de las epidemias y regulación de la inmigración en nuestro país y en América Latina, es necesario tomar en cuenta los conceptos eugenésicos que estructuraron la retórica y la racionalidad médica que, articulados con los conceptos de raza y género, ayudan a percibir cómo se fueron configurando las identidades y los estereotipos raciales y sexuales en la región. Cuando el sexo es objeto de saber para la biología, nítidamente marcada por el determinismo, se cierra la posibilidad de pensar la diferencia de género como diferencia social histórica y semióticamente situada.

Puericultura y pediatría: las primeras mujeres “médico”

La especialización de los conocimientos necesarios para llevar adelante este programa, requirió de nuevos elementos conceptuales fuera del alcance de las madres y de las familias. La puericultura y la pediatría crecieron como campos de conocimiento específicamente orientados a modificar ciertas prácticas y constituyeron instrumentos de intervención pública sobre las vidas privadas.

Mientras la pediatría se fue desarrollando en relación con la clínica médica, la puericultura compartía con el higienismo un objetivo centrado en la profilaxis y una metodología basada en la educación de las madres como agentes centrales en el cuidado infantil.

La modernización introdujo también innúmeros cambios en el campo del trabajo femenino, parte de los cuales podían realizarse a partir de la adquisición de nuevos niveles de formación que irían favoreciendo las posibilidades de autonomización de las mujeres en las relaciones familiares y sociales, aunque había una considerable imbricación entre la vida laboral y personal. Si bien algunas sucumbieron a las trabas, para otras ese lazo, fue punto de partida en el desarrollo de estrategias de inclusión social en la esfera pública.

Una carrera audaz como la medicina, profesión de buena parte de las primeras feministas en nuestro país, fue la ocasión para afrontar nuevos espacios aunque estuvieran recortados sobre el fondo de los asuntos mujeriles y promovidos por el interés higienista: ginecología, obstetricia, puericultura. Este grado de audacia intelectual y política de las primeras feministas no se reflejó en su vida privada de marcada formalidad según los cánones tipificados para la clase media ni en la práctica profesional o académica donde los prejuicios sociales las mantuvieron marginadas.

El trabajo en la casa y fuera de la casa

Frente a los cambios en las posiciones relativas de las mujeres hubo una corriente discursiva que reforzaba las funciones tradicionales de maternidad y centralidad en la vida hogareña y con ello descalificaba la pertinencia del trabajo femenino y asalariado. Este discurso de herencia colonial acentuó las imágenes de feminidad atadas a la maternidad e incrementó las responsabilidades hogareñas, al tiempo que teñía de sospechosa inmoralidad el trabajo extradoméstico.

Frente a estas posiciones se desplegaban otras vinculadas a los cambios en el mundo del trabajo femenino que se desarrollaron desde las primeras décadas del siglo XX. El discurso de la domesticidad, no podía resistir la contundencia de las necesidades materiales de los sectores más pobres que requerían del salario de las mujeres para la subsistencia familiar y bajo el apremio económico se deslizaba también algún tenso deseo de independencia económica que no debe ser subestimado.

Desde principios de Siglo XX la apertura de frigoríficos y el desarrollo de la industria textil absorbió importante mano de obra cuya distribución por sexos compatibilizaba con las imágenes sociales sobre los roles productivos de varones y mujeres, había por lo tanto, tareas que se consideraban específicamente femeninas y otras inaccesibles e impropias.

Si por una parte la mano de obra industrial femenina era un hecho, por la otra, el imaginario social, en sus más variadas expresiones, reforzaba tanto las imágenes de la mujer hogareña como los peligros latentes y manifiestos en el trabajo fabril para las mujeres y su descendencia; por fuertes e incorporadas que estuvieran estas imágenes, no limitaron a algunas obreras para participar en huelgas y protestas.

Desde fines del siglo XIX numerosos sectores de trabajadoras llevaron a cabo huelgas en reclamo de mejores condiciones laborales; mayoritariamente las tareas implicaban extensión de sus responsabilidades domésticas: lavanderas, planchadoras, domésticas, modistas se manifestaron contra los abusos patronales e iniciado el siglo XX fueron significativas las protestas de obreras de la industria del tabaco, de alpargatas, de la fabricación de fósforos y de los servicios telefónicos. Al mismo tiempo otros sectores de mujeres se organizaban en agrupaciones feministas que reclamaban igualdad de derechos laborales civiles y políticos para las mujeres.

En cuanto a las políticas poblacionales los recursos empleados para la disminución de la mortalidad infantil fueron eficaces, no obstante la tasa de natalidad continuó decreciendo, particularmente en la ciudad de Buenos Aires, y se percibió con claridad a partir de la década del ’20. Hacia los años ’30 esta tendencia se había instalado, lo cual nos autoriza pensar que frente a las políticas pronatalistas, las parejas y particularmente las mujeres, pudieron ejercer ciertas estrategias de planificación familiar que les permitió mayor control sobre la reproducción.

También es posible pensar que hicieron un uso inverso de los elementos provistos por los múltiples recursos pedagógicas del higienismo y la puericultura: si el cuidado de los niños permitía conservar con vida a los infantes, entonces el número de hijos podía reducirse. Por otra parte, que un niño creciera saludable requería ahora de mayores esfuerzos y más atención materna que en tiempos pasados. El rol materno se había exacerbado hasta atribuirle responsabilidad sociopolítica y nuestras primeras feministas asumieron este argumento para demandar ciudadanía. Estrategia y convicción, que las sostendría en el aún largo camino por recorrer.

Feminismos en el Centenario

En este contexto social se inscribió el esfuerzo de las mujeres argentinas por conquistar derechos civiles y políticos, en correspondencia con el proceso internacional de emancipación femenina, aunque las feministas europeas y norteamericanas apuntaban particularmente al logro del derecho al sufragio entendido como llave de otras transformaciones.

En el caso de nuestro país, los distintos feminismos adoptaron una visión relacional de la organización social fundada en el género pero igualitaria que defendía la primacía de la pareja hombre/mujer, no jerárquica, sustentada en el compañerismo. El énfasis estaba puesto en los derechos de las mujeres como mujeres, definidas principalmente por su capacidad de engendrar y criar e insistía en la distinta cualidad respecto de esas funciones de las cuales dependía la contribución de las mujeres a la sociedad lo que les confería derechos.

Las diferencias que consideraban naturales justificaban la división sexual del trabajo y de los roles familiares y sociales fundados en la centralidad del lazo madre/hijo y del complemento entre la pareja hombre/mujer porque el principio de “igualdad en la diferencia” implicaba diferencias biológicas y también culturales entre los sexos que no eran cuestionadas.

Como estas ideas fueron cristalizando junto a los procesos abiertos por la organización del estado democrático y por los cambios económicos introducidos por la incipiente industria, los feminismos de nuestro país a comienzos del Siglo XX conjugaron la cuestión de la igualdad civil y política entre mujeres y hombres con el reconocimiento explícito de la diferencia maternal. Si bien no todos demandaban igualdad civil y política, o no lo hicieron al mismo tiempo, sí compartían la idea de la diferencia natural entre los sexos.

Las discrepancias entre las distintas propuestas feministas obedecían a sus inscripciones ideológicas: librepensadoras, socialistas, independientes, radicales. Las anarquistas merecen una atención particular por cuanto el tenor de sus cuestionamientos abarcaba a las instituciones y a la estructura misma de su partido. El anarquismo sostuvo con el feminismo relaciones muy complejas, las más tensas entre el feminismo y las ideologías libertarias. Aunque tanto a nivel nacional como internacional no hubo movimiento anarquista feminista, casos aislados fueron sensibles hacia algunas de las reivindicaciones.

Anarquistas con faldas

La situación de las mujeres en cuanto parte del proletariado obrero, sí fue campo de interés para las anarquistas. Los Congresos de la Federación Obrera Anarquista (FOA) resultaron una oportunidad para el tratamiento público de las críticas condiciones de trabajo de las mujeres, patente en la opinión pública a partir de las huelgas y protestas de las obreras. Las anarquistas formaron, en la primera década, el Centro Feminista Anarquista y el Centro Femenino Anarquista.

Sin embargo, el anarquismo, máximo crítico del orden sociopolítico de la época, no otorgó un espacio diferenciado a la cuestión de la mujer, ya que no la concebía independientemente de la cuestión social. La revolución socialista y no el feminismo sería el medio necesario contra la represión de la mujer. No obstante, fueron las combativas más directas del orden imperante al enfrentarse y cuestionar fuertemente las instituciones como productoras de subalternidad.

El matrimonio y la familia fueron blancos preferidos por la crítica anarquista. Aunque sostenían que los cambios profundos, que ellas impulsaban, comprenderían a la totalidad de la sociedad, cuestionaban vivamente la discriminación y desvalorización de las mujeres en la sociedad y en su partido. En este sentido hicieron, más allá de su voluntad explícita, una gran contribución a la causa feminista por cuanto la opresión excedía las condiciones de trabajo. Se trataba de la dominación en razón de sexo y por lo tanto surcaba todas las clases.

Superadas las disputas por una educación laica, en el Siglo XX la educación formal fue un elemento decisivo en el desarrollo de inquietudes vanguardistas en las argentinas de clase media. Antes incluso de que finalizara el siglo XIX (1889) Cecilia Grierson, se convirtió en la primera médica cirujana recibida en nuestro país.

El temperamento que la condujo a tan insólita actividad para una mujer de la época, la impulsó a innovaciones en otros campos. De hecho fue también la precursora de una serie de renovaciones en el orden cultural. Un viaje por Europa, que realizó en la frontera del nuevo siglo, la animó a su retorno, a organizar el Consejo Nacional de Mujeres de la República Argentina que cuajaba en 1900 después de numerosos intentos de mujeres universitarias, profesionales y docentes, y como resultado de la alianza con las mujeres de la tradicional Sociedad de Beneficencia de Buenos Aires, presidida por Alvina van Praet de Sala.

La gestión personal y política de Sala logró en un breve lapso reunir la voluntad de numerosas damas, cuestión que Grierson no había alcanzado en varios años de intentos. La existencia de estas asociaciones da cuenta de la capacidad organizativa y del accionar público de las mujeres como una forma, no partidaria, de participación política. En las cercanías de formación del Consejo (1902) Grierson y Petrona Eyle fundaron la Asociación de Universitarias Argentinas que tuvo a cargo la organización del Primer Congreso Femenino Internacional (CFI) en 1910, realizado en el contexto de los festejos por el Centenario de la Revolución de Mayo.

El Congreso, de manifiesto eclecticismo intelectual y político, reunió a mujeres de ideas ilustradas en el liberalismo del XIX y en el socialismo europeo, entre las organizadoras se encontraban Elvira Rawson, Carolina Muzzilli, Julieta Lanteri, María Abella Ramírez, Alicia Moreau, entre otras que constituían parte del Centro de Universitarias Argentinas, el Centro Socialista Femenino, el Centro Feminista y la Liga de Mujeres Librepensadoras.

El hecho de que el feminismo no remitiera a un campo ideológico único ni a unas prácticas excluyentes, implicó tanto la posibilidad de llevar a cabo alianzas entre sectores heterogéneos como que esas alianzas no perduraran en el tiempo.

El sector conservador evitaba el enfrentamiento con la opinión pública y preservaba sus históricas buenas relaciones con el Estado, de quien obtenían beneficios que permitían buena parte de sus acciones políticas. Si bien la asociación resultó efectiva para la conformación del Consejo y la organización del CFI para el Centenario, llegado el momento las diferencias fueron irreconciliables y derivaron en la separación de quienes, como Grierson, representaban a las profesionales- progresistas.

El Congreso se llevó a cabo a instancias de la Asociación de Universitarias Argentinas y denunció en sus Actas y Conclusiones la necesidad de producir cambios profundos en la condición jurídica, social, cultural y económica no sólo de las mujeres, sino de los niños, del proletariado y de las mujeres obreras en particular. Las circunstancias internacionales desencadenantes de la Primera Guerra Mundial desviaron la atención respecto de las demandas de las mujeres. Una vez concluida la guerra, la lucha por los derechos ciudadanos retornó con más vigor y también entre las argentinas las demandas de igualdad civil y política fueron retomadas a partir de 1918.

Por Liliana Vela: investigadora de la UNCuyo y del INCIHUSA-CONICET. Su línea de trabajo se concentra en los temas referidos a la presencia cultural y política de las mujeres en Argentina desde el siglo XIX.
Fuente: Mdzol

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